La importancia del descanso en la fotografía
Date un respiro. Te irá bien. Hazme caso.
Puede parecer que la fotografía consiste simplemente en salir con una cámara, hacer fotografías y volver a casa. Pero cualquiera que se dedique a ello, ya sea profesionalmente o como afición, sabe que el trabajo no termina cuando guardamos la cámara en la mochila. De hecho, ahí empieza otra parte del proceso.
Una salida fotográfica, un viaje o un reportaje pueden terminar con cientos, incluso miles de fotografías en nuestras tarjetas. Después llega el momento de descargarlas, seleccionarlas, editarlas, organizarlas, publicarlas y, en el caso de quienes trabajamos profesionalmente, entregarlas a un cliente.
La rueda que nunca parece detenerse
Imaginemos que hacemos una salida fotográfica durante el fin de semana. Volvemos a casa con 1.000 fotografías y pensamos: «Ya las seleccionaré y editaré tranquilamente».
Pero al día siguiente tenemos una sesión con un cliente. Y esa sesión es prioritaria: hay una fecha de entrega, un compromiso y una persona que está esperando su trabajo.
Después aparece otro encargo, una nueva salida fotográfica o un vídeo que llevábamos meses queriendo hacer. Poco a poco, todo se va acumulando.
Lo que inicialmente eran unas cuantas fotografías pendientes se convierte en una carpeta llena de proyectos sin terminar. Pueden pasar semanas, meses e incluso años y seguir teniendo trabajos que sabemos que algún día queremos terminar.
El problema no es solamente la cantidad de trabajo. Es la carga mental que todo ello genera.
Cuando fotografiar deja de ser disfrutar
Cuando tenemos demasiadas cosas pendientes, es fácil entrar en una dinámica de querer terminarlo todo cuanto antes.
«Acabo estas fotos y me pongo con las siguientes».
«Tengo que quitarme esto de encima porque la semana que viene tengo otra sesión».
Y así seguimos.
Cuando trabajamos con la sensación constante de ir tarde, nuestra relación con la fotografía puede cambiar. Editamos más deprisa, revisamos las fotografías con menos atención y tomamos decisiones pensando en terminar, no necesariamente en hacer el mejor trabajo posible.
Eso puede acabar afectando al resultado final. Incluso puede ocurrir que entreguemos a un cliente un trabajo que, aunque sea correcto, sabemos que podría haber quedado mejor si hubiéramos tenido la cabeza en otro lugar.
La fotografía también es un arte
A veces olvidamos algo bastante básico: la fotografía es una disciplina artística. También lo es el vídeo.
Existen aspectos técnicos, entregas, presupuestos, clientes, facturas, plazos y obligaciones. Cuando vivimos de ello, todo eso forma parte de nuestro trabajo.
Pero detrás de una fotografía hay una mirada y una intención. Hay una decisión sobre qué fotografiar, desde dónde hacerlo, qué luz utilizar, qué momento esperar y qué queremos transmitir.
Esa parte difícilmente funcionará bien cuando estamos agotados.
No somos una fábrica de fotografías ni podemos funcionar indefinidamente como una máquina que produce imágenes terminadas. Necesitamos tiempo para mirar, pensar y descansar.
Parar también forma parte del proceso
Por eso creo que es importante aprender a parar, incluso cuando pensamos que no podemos.
Puede ser un día, tres días, una semana o unos meses. Durante ese tiempo podemos alejarnos de la cámara, del ordenador, de Lightroom, Photoshop, Premiere y de todas esas carpetas que nos recuerdan el trabajo pendiente.
El mundo no se detiene porque durante unos días no publiquemos una fotografía, ni vamos a convertirnos en peores fotógrafos por dejar la cámara guardada una semana.
De hecho, puede ocurrir exactamente lo contrario. Cuando volvemos después de haber descansado, muchas veces recuperamos algo que habíamos perdido entre tantas tareas: las ganas de crear.
Una fotografía que antes no nos decía nada puede empezar a parecernos interesante y una idea descartada puede volver a nuestra cabeza. Podemos recuperar las ganas de salir con la cámara por el placer de hacerlo, sin pensar en si las fotografías van a venderse, publicarse o servir para nuestro portfolio.
El dinero también puede convertirse en una trampa
Todos tenemos gastos y necesitamos que nuestro trabajo sea rentable, especialmente cuando la fotografía y el vídeo son nuestra profesión.
Queremos conseguir clientes, hacer más sesiones y aprovechar cada oportunidad. Es completamente comprensible.
Pero existe una línea muy fina entre trabajar para vivir de la fotografía y terminar viviendo únicamente para producir fotografías.
Cuando cruzamos esa línea, aquello que inicialmente nos apasionaba puede convertirse en otra obligación. Por eso merece la pena preguntarnos de vez en cuando por qué empezamos.
¿Por qué cogimos una cámara por primera vez?
Quizá nos gustaba contar historias, viajar, descubrir lugares, observar la naturaleza de otra manera o crear algo que antes no existía.
No todo tiene que hacerse hoy
Una de las cosas que hay que aceptar es que no todo tiene que hacerse inmediatamente. Habrá fotografías y proyectos personales que puedan esperar.
Habrá ocasiones en las que tendremos que cumplir una fecha de entrega y no podremos parar: es parte de trabajar profesionalmente. Pero incluso con una agenda llena tenemos que reservar espacios para desconectar.
Porque nuestro trabajo depende de algo que no aparece en ninguna factura: nuestra capacidad para pensar, observar y crear.
Date un respiro
Así que, si llevas semanas o meses acumulando fotografías, vídeos y proyectos pendientes, quizá no necesites otra tarde de diez horas delante del ordenador. Quizá necesites parar y guardar la cámara.
Cuando vuelvas, seguirán ahí las mismas carpetas y proyectos pendientes. Pero estarás en mejores condiciones para afrontarlos.
A veces, para seguir creando, simplemente necesitamos dejar de crear.