El viaje del fotógrafo: disfrutar también de lo que no sale según lo previsto

Cuando vemos una fotografía terminada o un documental, normalmente solo vemos el resultado. Vemos el paisaje, el animal, la luz perfecta o ese instante que parece haber sucedido casi por casualidad. Todo está pulido y es perfecto. Pero detrás de cada imagen hay muchas horas que no aparecen en pantalla.

Oliver Freixas fotografiando con trípode un campo al atardecer.

Recientemente he vuelto a vivir uno de esos viajes en los que la fotografía y el vídeo se convierten en una auténtica aventura. Viajar durante días con todo el equipo a cuestas significa llevar cámara, objetivos, trípode, baterías, filtros, estabilizador, dron y todo lo necesario para intentar estar preparado ante cualquier situación. Y, por supuesto, cargar con todo ello de un lugar a otro.

Pero no es solamente el peso del equipo, lo que hace exigente un viaje fotográfico.

Hay que madrugar para llegar antes de que salga el sol, kilómetros de carreteras, asfaltadas o no y largas jornadas esperando un clima o una luz que no llega. Puede aparecer viento cuando necesitabas calma, nubes cuando buscabas sol o una tormenta cuando tenías previsto grabar durante horas.

Y después están los animales.

Puedes pasar horas esperando que aparezca una especie determinada y simplemente no aparece. Puedes encontrar las huellas, escucharla cerca o saber que está allí, pero no conseguir esa toma que habías planeado.

Es precisamente ahí donde creo que se encuentra una de las partes más bonitas (y difíciles) de ser fotógrafo: aprender a adaptarse.

La fotografía te ayuda a aprender que no puedes controlarlo todo. Puedes planificar una localización, estudiar la meteorología, calcular la luz y preparar cuidadosamente el equipo, pero siempre habrá algo que escape a tus planes. Y, en lugar de frustrarte, tienes que aprender a observar qué te ofrece el momento.

Quizá no aparece el animal que buscabas, pero descubres un paisaje que no habías imaginado fotografiar. Quizá el cielo cambia y la luz se vuelve completamente distinta a la prevista. Quizá una carretera que parecía un inconveniente termina llevándote hasta un lugar que nunca habrías encontrado de otra manera.

Con el tiempo, esas dificultades dejan de ser simplemente obstáculos y pasan a formar parte de la aventura.

Aún así, también hay una recompensa enorme en todo esto. Hay momentos en los que, después de horas esperando, la luz aparece exactamente como querías. Un animal cruza delante de la cámara e incluso parece posar. El paisaje se transforma durante unos minutos en algo perfecto, y entonces entiendes por qué has cargado con todo ese equipo, por qué has madrugado y por qué has recorrido tantos kilómetros.

Son momentos muy breves, pero tienen algo especial precisamente porque sabes todo lo que ha habido detrás.

La parte invisible del viaje

Cuando finalmente termina el viaje y regresas a casa, todavía queda una parte que muchas veces permanece invisible para quien ve el resultado final: la edición.

Volver a casa no significa que el trabajo haya terminado. En realidad, empieza otra etapa. Hay que descargar y organizar cientos o miles de fotografías y vídeos, seleccionar el material, hacer copias de seguridad, revelar las imágenes, corregir color, montar las secuencias, trabajar el sonido, revisar las tomas y construir una historia que tenga sentido.

Una semana de viaje puede convertirse fácilmente en cuatro semanas de edición. Dos semanas grabando pueden requerir un mes y medio o incluso dos meses (a veces más) de trabajo delante del ordenador. 

Es una parte mucho menos aventurera del proceso, pero exactamente igual de importante. Allí es donde todo lo vivido durante el viaje empieza a convertirse en una historia tangible.

El resultado final no es solamente una colección de fotografías bonitas o un vídeo. Es la experiencia que se lleva el fotógrafo de haber estado allí, de haber esperado, de haberse equivocado, de haber cambiado de planes, de haber conducido durante horas y de haber aprovechado las oportunidades que aparecieron por el camino. Esa es la experiencia que realmente te hace crecer. 

Ser fotógrafo o videógrafo (o las dos) en un viaje no consiste en conseguir que salgan todas las tomas perfectas.

Consiste en estar preparado y saber actuar cuando algo diferente ocurre, pero también en saber disfrutar cuando los planes no salen tan bien como esperábamos.

Porque las aventuras siempre han estado llenas de incertidumbres.

Nota del autor

Este artículo nace de la experiencia vivida durante mi último viaje fotográfico y videográfico por el sureste de España, un recorrido dedicado a documentar algunos de sus paisajes más singulares, sus pueblos, su fauna y el patrimonio e historia que se esconden en estos territorios.



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